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  • Foto del escritorAna María de la Iglesia

Capillas portátiles o limosneras

Seguramente todos, o la gran mayoría, conocemos esas pequeñas capillitas portátiles que iban casa por casa cuando éramos pequeños (yo al menos). Había que colocarlas en el mejor lugar de la casa, siempre con una vela o dos y meter una moneda como donativo, además de su oración de bienvenida y de despedida.
Capilla de la Milagrosa
Yo, cuando era pequeña, esperaba su llegada con entusiasmo cuando se la llevaban a mi abuela o me tocaba ir a mí a recogerla, le encendíamos la vela y la miraba con tristeza cuando se la tenía que llevar a la vecina al día siguiente, pues no podían pasar más de una noche en la casa. Era la norma. Y pasaba al menos un mes hasta que volvía a estar en casa.
Pues bien, en muchas ciudades o pueblos, esta bonita tradición aún se mantiene (y ojalá no se pierda nunca). Pero, ¿de dónde viene ésta costumbre?
Según algunos estudios, se remonta al siglo XV, donde se habla de unas capillas, hornacinas o urnas de madera que contienen imágenes de un santo o una virgen, protegidas por un cristal. Se piensa que ésta costumbre fue introducida por las órdenes de caballería y sobre todo por la orden franciscana, algo muy lógico si tenemos en cuenta que los franciscanos fueron los primeros encargados de cristianizar a los indígenas y éstas capillas eran fáciles de transportar. También cabe destacar que en un principio únicamente eran imágenes de San Francisco de Asís, San Antonio de Padua o la Virgen del Carmen, asociadas a la orden franciscana.
Otra idea defendida por los historiadores es que a partir de la Contrarreforma, se fomenta el uso de éstas capillas como reacción al protestantismo.
Con toda esta información sí que podemos llegar a saber que las conocidas como “capillas vecinales” ya eran conocidas antes del periodo barroco. Aunque con el estallido de la Guerra Civil, entraron en desuso, retomando su tradición hacia los años 50 del siglo pasado, momento de mayor auge.
Lo que sí hay que destacar, es que, fuera como fuere, ésta costumbre se convirtió en tradición gracias a las mujeres, que cumplen un papel fundamental en todo esto, ya que tras la Guerra Civil, se vuelve a poner en práctica, pero con un papel organizativo entre ellas:
Celadora: era la mujer que se encargaba de la capilla y de buscar a la gente que la iba a tener, haciendo una lista y manteniéndola actualizada. También tenía que llevar la imagen a la parroquia y extraer el dinero, para posteriormente volverla a poner en funcionamiento. Además, en caso de que la capilla no llegara a la casa correspondiente, tenía que ir a buscarla casa por casa hasta encontrarla.
Coro: era la lista de mujeres por las que pasa la capilla. Siempre en el mismo orden y no podía estar en la misma casa más de una noche o más de 24 horas.
Titular: en el caso de que la capilla no perteneciese a una parroquia y fuera de un particular, ésta podía retirarla en cualquier momento.
Todas estas capillas solían llevar en sus puertas una oración dedicada a la advocación de la imagen. Además algunas de ellas también tenían una oración de “saludo” y otra de “despedida”.
En ellas también encontramos en su base una pequeña ranura en la que se depositaban los donativos que, posteriormente, a celadora tenía que abrir, gracias a una llave y sacar todos ellos para depositarlos en la parroquia correspondiente.
Base de los donativos
Ahora que ya sabemos de dónde proviene esta tradición, podemos seguir añorando aquellos momentos que, espero, todo hayamos vivido. Ir a buscar la capilla a casa de la vecina, tenerla en casa, encenderle una vela (algo que yo tengo muy presente, pues mi abuela casi siempre me esperaba para encenderla juntas) y al día siguiente los nervios de llevársela a la siguiente vecina que le correspondía. Y os preguntaréis ¿nervios por qué? Hoy en día no lo sé, pero el camino hasta la casa de la vecina se hacía eterno, pues el miedo a que la capilla se cayese al suelo era titánico y eso que la llevabas agarrada según las instrucciones que te daba la abuela; los nervios al llamar a casa de la vecina y no saber qué decirle cuando abriera la puerta; o simplemente que ésta no estuviera y no poder entregársela. Pero, es verdad que hoy en día todos esos momentos se han convertido en bonitos recuerdos. Esos de haber podido vivir algo que hoy en día, 30 años después, se sigue manteniendo.
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